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El gigante de Rivadavia que se reinventa gracias al sentido de pertenencia de sus vecinos, el debate por el nombre y por qué todos vuelven al barrio
Nació en los años ’80 como uno de los complejos habitacionales más ambiciosos del Oeste del Gran San Juan. Entre monoblocks, pasajes y plazas, sus habitantes forjaron una identidad entrañable que venció a los mitos urbanos, transformando a una mole con más de 1.200 viviendas en una auténtica comunidad donde nadie quiere irse. Por David Cortez Vega y Jorge Balmaceda Bucci. Fotos y videos: Mariano Martín.
Domingo, 01 de noviembre de 2026 a las 11:26Compartir


Por Redacción
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Hay barrios que son como libros abiertos donde cada vecino escribe una página con su propia impronta, con su propia letra, con su propia historia. Si uno se detiene a escuchar con atención, las calles del Barrio Aramburu suenan a relato viejo y querido, a un cuchicheo íntimo de siestas interminables, sombras cómplices y veredas regadas con perfume a tierra mojada.
Ubicado en territorio de Rivadavia, este coloso urbano de 1.214 viviendas -hay quien estira el número a 1.256- entre casas y monoblocks es un enorme ‘hogar colectivo’ que se gestó a mediados de los ochenta sobre lo que entonces era un descampado acaparador de matorrales y yuyos. Ahí miles de familias levantaron una patria chica hecha de complicidades, infancias compartidas y un sentido de pertenencia que el tiempo jamás pudo doblegar.

Un complejo habitacional que comenzó a poblarse en 1983
Los primeros habitantes comenzaron a llegar al Aramburu en 1983, durante los últimos meses de la dictadura cívico-militar argentina. En ese momento, San Juan estaba bajo la conducción de Eduardo Pósleman, quien fue el último gobernador de facto de la provincia antes del retorno de la democracia. El 16 de julio de ese año se realizó una ceremonia para formalizar la primera entrega de viviendas, en un proyecto que se desarrolló en tres etapas y que había sido diseñado por el Instituto Provincial de la Vivienda (IPV). Con una extensión aproximada de 45 hectáreas, el barrio se convirtió en uno de los proyectos habitacionales más importantes de San Juan.
Imagen modificada con IA.
Las cifras sobre su dimensión varían. Mientras que el registro mencionado por los vecinos contabiliza 1.214 viviendas, otra referencia histórica eleva el número a 1.256 unidades, entre casas y departamentos. También se estima que llegó a albergar a más de 7.000 personas.
Para los vecinos, hablar del Aramburu es, inevitablemente, levantarle el pasador a la tranquera de los recuerdos y dejar que la memoria camine entre sus plazas y pasajes. Es rescatar la calidez de una época dorada donde la vida transcurría de cara a la calle, sin tanto encierro ni pantallas de por medio. Marcelo Miranda, un vecino de larga data, es el fiel reflejo de esas aseveraciones. Llegó al barrio hace 40 años, cuando tenía apenas 13 y las obras del predio aún convivían pared de por medio con los primeros adjudicatarios.
“Aquí nací en cuanto a mi juventud, aquí crecí y conocí a mis primeros amigos. Fue una linda experiencia vivir acá y seguir viviendo acá, afirmó Marcelo. Con el traje de un testigo que vio nacer el barrio desde su propia ventana, agregó: “Teníamos el obrador justo al frente de mi casa. Nos fuimos cambiando mientras en otros sectores todavía construían. Fuimos creciendo juntos, nosotros y el barrio en estos cuarenta años. Creo que tenemos toda una vida acá”.


Para Marcelo, la infancia en el Aramburu es un viaje a los famosos “desafíos” futboleros entre sectores, donde la pelota rodaba hasta que aparecían los gritos convocados a regresar a los hogares. “Había equipos por áreas. Yo vivía en el Área 11 y teníamos un equipito que jugaba contra los del Área 2, o con las otras áreas que eran más grandes y tenían muy buenos jugadores. De acá ha salido madera de la buena, como el Coneja Díaz, un gran jugador que tiene San Juan y que es nacido acá en nuestro Aramburu”.
Y cuando la charla viaja hacia los veranos inolvidables de aquellos tiempos, a Marcelo se le ilumina la mirada recordando los carnavales: “Eran algo especial. Nos juntábamos entre los monoblocks a chayar con bombitas de agua. Era estar toda la tarde entre risas con los amigos y los vecinos. Había un vecino al que le decíamos ‘tío’, que vivía abajo de mi casa; era el primero en salir a jugar en los carnavales, un tipo divertidísimo. Muchos de esos vecinos ya no están con nosotros, pero se los recuerda con un cariño enorme”.
Marcelo Miranda: “Para mí, el Aramburu es mi identidad. Todo lo que yo he vivido lo he vivido acá en el barrio; está parte de mi vida acá. La identidad del barrio es la identidad mía, es la misma, nos hemos querido juntos”.
Más de 1.200 viviendas, 32 manzanas y una rotonda que identifica al barrio
Esa mística de vecindario se apoya, además, en una envergadura urbanística que para su época dejó a todos boquiabiertos y despertó más de un foco de envidia. Augusto Pérez Garro, más conocido por todos como Tato, vecino de la Manzana 7 desde fines de 1984 y una voz de referencia absoluta por su paso como presidente de la Unión Vecinal, detalló con una mezcla exquisita de precisión y sentimiento lo que significó el desembarco de este auténtico coloso. “Fue algo extraordinario para su época. Fueron 1.214 viviendas construidas dentro de un mismo proyecto y complejo habitacional. Se entregó asfaltado, con iluminación de mercurio halogenado -que era un avance tremendo para la época, antes del LED- y con todo el sistema de red eléctrica subterráneo. Las avenidas, las casas y los departamentos venían de 3 y 4 dormitorios con dos baños, listos para habitar, con mosaicos, cocina y calefón Orbis, rejas y puertas. Se construyó de afuera hacia adentro, para decirlo de alguna manera”.


Según uno de los registros sobre su distribución, el Aramburu está organizado en 32 manzanas y 14 áreas. Sus límites principales son la calle Manuel Dorrego, en el sector Este, donde se encuentra la parroquia María Madre de Dios; unas pocas cuadras antes de calle Sargento Cabral, al Sur; Cipolletti, al Oeste; y Laprida, al Norte.
Dentro del complejo, algunas de sus arterias más reconocidas son Paula Albarracín de Sarmiento y Vicegobernador Luis Cattani, ambas con boulevard. Las dos confluyen en una rotonda que se convirtió en uno de los puntos de referencia del barrio. Su diseño, incluso, fue incorporado al logo de la Unión Vecinal Barrio Aramburu.
El populoso conjunto habitacional limita con otros sectores residenciales, entre ellos el barrio Sargento Cabral y Villa Lourdes. Por su extensión y cantidad de viviendas, varios vecinos lo consideran uno de los complejos más grandes de Latinoamérica, aunque esa denominación forma parte de las referencias que circulan entre sus habitantes.

El mapa del Barrio Aramburu, con sus decenas de manzanas y áreas.
Ese punto de partida fue tan colosal como variopinto ya que unió en un mismo predio a realidades y costumbres completamente diversas. A diferencia de otros barrios del Instituto Provincial de la Vivienda (IPV) donde se agrupaban familias por gremios o franjas de ingresos similares, el Aramburu fue un crisol social absoluto. Tato Pérez Garro graficó con una anécdota entrañable que refleja aquel choque de mundos: “Acá se mezcló todo, todos los niveles sociales y de formación académica. En un segundo piso te podía tocar un vecino que venía de la Capital y, al lado, una familia que venía del interior de la provincia en la mudanza trayendo gallinas, conejos y hasta armando un horno de barro en el balcón del monoblock. Al principio fue un barrio complicado porque había de todo, pero ha sido un lugar hermoso para vivir, que ha dado personalidades destacadas en la ciencia, la cultura y el deporte”.


Augusto «Tato» Pérez Garro: “El barrio Aramburu es el lugar donde los que vivimos no nos queremos ir”.
Esa misma diversidad generó un entramado humano único, donde la solidaridad de los vecinos terminó venciendo cualquier prejuicio externo o estigma de inseguridad con el que a veces se etiquetaba al barrio desde afuera. Susana Fernández lo sabe mejor que nadie. Llegó casi al mismo tiempo, en 1985, tras salir adjudicada en el noveno sorteo del IPV al que se presentaba con la ilusión de la casa propia. “Cuando vinimos esto era un desierto, no había árboles, no había nada. Pero fue creciendo con las gestiones y con el trabajo de los vecinos. Yo amo mi barrio y amo a mis vecinos. He tenido la oportunidad de viajar a España nueve veces para visitar a mi familia, con distintas posibilidades para quedarme, y las nueve veces me he pegado la vuelta a mi casita. A mí me tira el Aramburu”, confesó Susana con el corazón en la mano.
Esta vecina representa el alma materna del Aramburu, la cual construyó comunidad desde el gesto más simple y profundo: abrir la puerta de su casa. “Antes decían que el barrio era feo por la delincuencia, pero los mismos vecinos nos fuimos cuidando y ayudando. A los chicos que andaban solos o que sus padres trabajaban todo el día, yo los acogía en mi casa y les daba la leche con chocolate. Hoy esos chicos ya están grandes, están viejos, pero pasan por la vereda y me dicen: ‘Nunca nos vamos a olvidar de Doña Susana, la señor que nos daba la leche’. Y ahora vienen los nietos de esos mismos chicos a jugar a mi casa, a patearme el portón. No me importa, porque a mí me gusta escuchar a los niños y tener gente alrededor. Para mí, salir a la mañana y ver al señor de la verdulería, a la señora de las tortitas y a los chicos de la limpieza es la felicidad. El Aramburu es mi vida”.
Susana Fernández: “Yo salgo a la mañana a la calle y ya ve gente, ya está el señor de la verdura, ya está la señora de las tortitas, ya está limpiando la vereda (…) Para mi vida, el barrio Aramburu es vida”.
Escuelas, espacios verdes y comercios alrededor de la vida cotidiana
A esa calidez humana se le suma la autonomía de ser prácticamente una “mini ciudad” autosuficiente. Marcelo, Tato y Susana coinciden en que al barrio no le falta nada. Con escuelas primaria y secundaria, comisaría, Registro Civil, parroquia, centro de salud, cajero automático, farmacias, tiendas y hasta un reciente centro cultural con cine para abuelos y jóvenes, el Aramburu tiene un motor urbano propio. “Estamos a 15 minutos del centro y tenés todo a la mano. Y además esa cercanía donde si alguien te busca, los vecinos nos conocemos todos”, destacó Marcelo.
Entre las instituciones que funcionan dentro del barrio se encuentran la Comisaría 27°, una sede del Registro Civil y distintos establecimientos educativos. En el nivel inicial está el E.N.I. N° 5 Patricia Sarlé; en primaria, las escuelas General Marino Bartolomé Carrera y Gendarme Argentino; mientras que la oferta secundaria incluye la E.P.E.T. N° 7.
Marcelo y su familia, en la escuela de Nivel Primario del barrio.
También cuenta con bibliotecas, espacios deportivos, centros comerciales y diferentes espacios verdes, entre ellos la Plaza María Madre de Dios. La parroquia del mismo nombre, junto con los comercios y servicios distribuidos en el complejo, forma parte de los puntos que organizan la circulación diaria de sus habitantes.
Buena parte de esa actividad se concentra en los alrededores de la rotonda principal y las calles que la conectan, donde se encuentran comercios de cercanía y establecimientos que abastecen tanto a los vecinos del Aramburu como a quienes viven en zonas aledañas.
Un capítulo clave en esta reconstrucción de identidad fue el trabajo social y deportivo que encararon los propios habitantes. Tato Pérez Garro recordó cómo, hace más de 16 años, rescataron la histórica Unión Vecinal y tomaron la decisión histórica de convertirla en club. “Modificamos el estatuto para disolver las zonas de influencia y que cualquiera, viviera o no dentro del barrio, pudiera ser socio con plenos derechos. Eso generó una circulación enorme de chicos de escuelas y zonas aledañas. Y cuando tuvimos que definir los colores y el escudo para federarnos en básquet, vóley, futsal o patín, no hubo dudas: elegimos el verde y blanco por la herencia futbolera que nos une a Sportivo Desamparados, y pusimos en el escudo el plano urbano del propio barrio. Pasamos de que los chicos dudaran en decir dónde vivían a que llevaran el escudo del Aramburu en el pecho con orgullo cuando salían campeones”.


El logo de la Unión Vecinal del Barrio Aramburu.



Los colores del club remiten a Sportivo Desamparados, una de las instituciones deportivas más tradicionales de San Juan. Pérez Garro, quien también estuvo al frente del club puyutano, sostiene que una gran parte de los habitantes del Aramburu simpatiza con el equipo del barrio de Puyuta. Esa identificación futbolera se trasladó al escudo de la Unión Vecinal y se convirtió en otro elemento de pertenencia.
El nombre Aramburu, una discusión que llegó a la Legislatura
Incluso en los momentos de mayor tensión comunitaria -como cuando surgieron disputas por el intento de cambiarle el nombre oficial al barrio para desligarse de la triste y ensangrentada historia del militar Pedro Eugenio Aramburu, la voz de los vecinos priorizó la convivencia y el sentido de pertenencia por encima de cualquier grieta. #Defendimos la paz del barrio y el nombre con el que todos nos criamos y construimos nuestra historia”, explicó Tato.
El nombre del complejo tiene su propio recorrido. Según recordó Pérez Garro en diálogo con Tiempo de San Juan, la denominación original del proyecto era Complejo Habitacional Andino Mercedario. Sin embargo, durante la etapa previa a su construcción, las autoridades provinciales habrían condicionado el desbloqueo de los fondos a que el barrio llevara el nombre de Teniente General Pedro Eugenio Aramburu



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Pedro Eugenio Aramburu fue un militar que encabezó la dictadura surgida del golpe de Estado de 1955, autodenominada Revolución Libertadora, y gobernó de facto el país entre 1955 y 1958. Su figura quedó vinculada a la persecución del peronismo y a medidas de proscripción política. En 1970 fue secuestrado y asesinado por la organización guerrillera Montoneros.
La posibilidad de modificar el nombre del barrio generó una discusión pública que llegó a la Legislatura provincial. En agosto de 2012, cuando un proyecto de ley para cambiar la denominación ya tenía estado parlamentario, vecinos manifestaron su rechazo y reclamaron ser consultados antes de avanzar con la iniciativa. En declaraciones radiales, una de las habitantes sostuvo que el nombre había adquirido un significado que trascendía al personaje histórico. “El nombre ya trascendió la barrera del personaje y pasó a ser propiedad de cada uno de los vecinos. Tenemos nuestra propia historia, todo lo hemos vivido acá, hace 30 años que se llama así y todos lo conocen así”, expresó.
En aquel momento, vecinos autoconvocados también cuestionaron que la propuesta hubiera sido impulsada por personas ajenas al barrio. Plantearon que quienes vivían allí debían tener participación en una eventual decisión y comenzaron a reunir firmas para respaldar su postura. La vecina que habló en aquella oportunidad aseguró que más del 80% de los habitantes relevados estaba de acuerdo con mantener la denominación. La discusión dejó en evidencia una tensión entre el origen histórico del nombre y el valor identitario que había adquirido para las familias que construyeron allí su vida.
El barrio, en una sola frase
Hoy, aunque los tiempos hayan cambiado, las pantallas retengan más a los chicos dentro de las casas y no se escuchen volar tantas ojotas por el aire al atardecer -pedazo de postal inolvidable-, el Aramburu sigue de pie, orgulloso del camino recorrido y de su gente.



Porque este coloso de mil y pico de viviendas es un refugio sentimental. Es, como dijo Susana Fernández entre sonrisas, “el lugar donde levantarse cada mañana, te da ganas de vivir”. Es la propia identidad de Marcelo Miranda, moldeada a la par del barrio durante cuarenta años. Y es, en el resumen irrefutable con el que Tato Pérez Garro lo definió, “el rincón entrañable de San Juan donde los que vivimos, sencillamente, no nos queremos ir”.
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