
El error de poner en riesgo la confianza
Marco Lavagna decidió renunciar hace un mes, cuando se enteró de que Milei había descartado los cambios en las mediciones del Indec; no tiene nada que ver con Paolo Rocca, pero los unió el matiz autoritario cada vez más marcado en el Presidente
- 4 de febrero de 2026
- 03:22
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LA NACIONJoaquín Morales SoláEscuchar Nota
Con la voz deJoaquín Morales Solá

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Todo empezó en Davos. Arropado por la nieve más que por el público, Javier Milei tomó allí la decisión de postergar (nadie sabe hasta cuándo) una medición actualizada de la inflación mensual que hace el Indec. ¿La razón de tal suspensión? El temor a que el aumento de algunos servicios públicos por encima de la inflación, ya anunciado para los próximos meses, estropeara su mejor capital político, que es precisamente la baja de la inflación.
Ese temor iba acompañado por otro: consistía en la posibilidad de que la sociedad viera esos cambios como una manipulación de las mediciones del costo de vida. Fue un momento raro de la historia. Un error perfecto. La renuncia del extitular del Indec Marco Lavagna coincidió con un tsunami de calumnias e insultos por parte del propio Presidente contra el más importante empresario argentino, el CEO de Techint, Paolo Rocca. Si le crearon las condiciones para que Lavagna se fuera del Gobierno y si se destrata a un empresario del porte de Rocca, ¿a qué conclusión llegaron los auténticos inversores nacionales y extranjeros si proyectaban poner un dólar en el país?
Auténtico no es un palabra escrita sin sentido. Existen los inversores financieros, que se dedican a ganar mucho dinero en poco tiempo, y existen los inversores productivistas que crean empresas y planifican para un tiempo largo. Estos últimos son los que realmente importan para el futuro de la economía, porque los otros son golondrinas que vienen y se van con la misma premura. Seguramente, los inversores serios habrán concluido en que, a pesar de los esfuerzos de Milei para controlar las cuentas públicas, es mejor ver y esperar. Las formas también incumben.
Marco Lavagna se había comprometido desde enero del año pasado con que actualizaría la medición de la inflación. Lo anunció hasta públicamente; en esos cambios se les iba a dar más importancia a los servicios. El consumo de servicios públicos no es el mismo ahora que el de hace 20 años, pero de todos modos tal modificación planificada no tendría una incidencia significativa en el costo de vida anual. Podría, sí, bajar el salario real si la inflación de un año aumentara unos pocos puntos.
El pavoneo oficialista asegurando que bajó la inflación, lo cual es cierto, y al mismo tiempo aumentó el salario real perdería una de sus partes. Milei detestó esa idea, sobre todo porque no ignora, como economista que es, que la actividad económica está estancada y que se constató una caída en la producción de varios sectores industriales, como sostiene un informe de Orlando Ferreres y Fausto Spotorno. Los dos economistas le quitan, sin embargo, importancia a las importaciones. Señalan que solo hubo una “normalización de los flujos comerciales”; aceptan que, en verdad, se registró un aumento en la compra de artículos importados, pero espoleados sobre todo por el precio del dólar, que nada tiene que ver con la política comercial “en sentido estricto”.
También subrayan que en octubre, noviembre y diciembre últimos bajó la actividad económica y culpan de ellos a un mercado laboral estancado y precarizado e ingresos de las familias deprimidos. Solo un regreso del crédito, una mayor inversión y una mejor estabilidad política podrían cambiar esa tendencia en el año que comenzó, sostienen. Pero es justó ahí donde Milei cometió el error. Hasta el Fondo Monetario había apoyado y aplaudido la eventual modificación en las mediciones del Indec.
Marco Lavagna decidió renunciar hace un mes, cuando se enteró de que el Presidente había descartado (¿por el momento?) esos cambios en las mediciones del Indec. Aseguran funcionarios oficiales que el exjefe del Indec solo quería que luego no se dijera que lo echaron. Por eso apuró la renuncia. Un enjambre de periodistas oficialistas salió ayer en una virtual cadena nacional a culparlo a Lavagna de ser un hombre de Sergio Massa. El periodismo no existe para hacer campañas contra nadie. Lavagna estuvo cerca de Massa durante un tiempo, pero ¿no estuvo también en el gobierno de Milei durante dos años y dos meses? ¿Solo ahora, 26 meses después, la administración mileista se enteró de que Lavagna hijo era un hombre de Massa?
Marco Lavagna preservó su independencia intelectual hasta de la influencia de su padre, el exministro Roberto Lavagna, y su valor como titular del Indec consistía en que tampoco nadie lo podía vincular políticamente con el gobierno de Milei. El Indec es más valioso cuando es más autónomo, sobre todo después de la experiencia dantesca que la economía vivió con Guillermo Moreno y su manipulación de las estadísticas oficiales.
Sucedió, al final, lo que Milei tanto temía: ahora se discute más que antes la independencia de Indec porque se fue un titular que no era mileista. “El daño reputacional ya está hecho”, concluyó el economista Enrique Szewach. ¿Para qué crearon un problema donde no lo había? Nadie podía imaginar sensatamente a Marco Lavagna como un mileísta porque, dentro de su propio espacio intelectual, es hijo de quien es hijo.
Roberto Lavagna, si bien se mira su historia, tiene una sola coincidencia con Milei: los dos son obsesivamente contrarios al déficit en las cuentas públicas. La restante cosmovisión de ambos los separa abismalmente. Aunque Lavagna padre entregó cuando renunció una economía con superávits gemelos (el fiscal y el de la balanza comercial), él es un industrialista, mientras Milei confía más en el libre comercio. Milei frecuenta la extravagancia, como cuando anda haciendo duetos con cantantes en festivales y teatros, mientras Roberto Lavagna no perdió nunca la compostura.
¿Qué hubiera hecho Roberto Lavagna ante un conflicto entre privados como el que vivió Techint con otras empresas privadas, un consorcio liderado por la familia Bulgheroni y Marcelo Mindlin? Responde alguien que lo conoce desde hace mucho tiempo al exministro de Economía: “Hubiera tratado de mediar para que las empresas que compran los caños de un gasoducto de casi 500 kilómetros no salieran perjudicadas, pero al mismo tiempo Techint acomodara sus precios para producir aquí los caños y preservara sus empresas y lo puestos de trabajo”. Paréntesis: Mindlin votó para que se le diera a Techint la oportunidad de vender los caños al mismo precio que el mejor que se haya ofrecido desde el exterior, pero no ganó la partida.
Aunque conocida, la primera aclaración que debe hacerse es que se trató de un concurso de precios (y de un conflicto) estrictamente entre privados. Techint ofrecía sus caños en un concurso de precios nacional e internacional que convocó un consorcio de empresas (Bulgheroni y Mindlin son las más importantes) que se formó para construir el gasoducto que conectará Vaca Muerta con un puerto de Neuquén. YPF participa de ese consorcio, pero el porcentaje de sus acciones es menor que el de las empresas absolutamente privadas.
Techint ofreció igualar el precio de los caños que había ofrecido la empresa india Welspun, aunque perdiera dinero. La multinacional ítalo-argentina prefería mantener su planta de Valentín Alsina, que solo fabrica caños para gasoductos. YPF votó igual que Mindlin para aceptar la propuesta de Techint, pero los dos perdieron la votación. Welspun, que ya fue sancionada por dumping en Estados Unidos, ganó ese concurso convocado por privados. Techint acusa a Welspun de ser una empresa protegida por el Estado indio y de comprar la chapa en China, insumo también protegido por el gobierno chino.
Vale la pena subrayar que se trató de un conflicto entre privados y recordar, al mismo tiempo, el derecho de los compradores de aceptar la propuesta que consideraran mejor. El Gobierno debía, a su vez, preservar su imparcialidad porque existía la posibilidad cierta de que Techint se presentara ante la agencia gubernamental de Defensa de la Competencia para denunciar por supuesto dumping a la compañía india. La periodista Sofía Diamante informó en LA NACION la semana pasada, en una crónica impecable que no contenía ninguna opinión propia, que la posibilidad de hacer esa denuncia era evaluada por la empresa de Rocca.
A partir de ese momento, Sofía Diamante fue acusada por el propio Milei de pertenecer a los “operadores”, presuntamente de Techint, y la bautizó con un apodo insultante. Antes, debe reconocerse, lo había precedido a Milei en su crítica a Techint el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, aunque con un estilo más elegante.
Sturzenegger tampoco tenía nada que hacer en ese problema entre privados; su rol consistía en mantenerse al margen de un enfrentamiento entre las más grandes compañías petroleras argentinas. Techint tiene también una compañía petrolera. Sturzenegger es considerado por varios colegas suyos como el más brillante economista de su generación, pero el mileÍsmo lo cambió a ese hombre otrora moderado y respetuoso. Ahora tiene la fe de los conversos y actúa, escribe y habla como un fanático. Es el precio que cobra Milei para que los funcionarios perduren en su administración.
Luego, Milei apodó a Rocca como “Don Chatarrín” y, lo que es peor, lo acusó de haber participado de un imaginario complot para destituirlo cuando el Presidente perdió de mala manera, el 7 de septiembre del año pasado, las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Desde ya, se trata de una calumnia; Rocca se enfrentó en su momento con los Kirchner y con Hugo Chávez, cuando este le confiscó una empresa valuada en 4.000 millones de dólares.
El Presidente prefiere ignorar la historia en el instante mismo en que se dedica a agraviar. Lavagna y Rocca son dos personas que nada tienen que ver entre sí, pero los unió el matiz autoritario cada vez más marcado del Presidente. No es una novedad: siempre ocurre una escalada del autoritarismo cuando se derrapa en esa equivocación. El problema fundamental de Milei es que no sabe (o no quiere saber) que los presidentes tienen más deberes que derechos.

