
Uno va muriendo, el otro no termina de nacer
- 28 de marzo de 2026
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PARA LA NACIONJulio María SanguinettiEscuchar NotaSeguir en1
En su inspirado discurso en la reunión de Davos, en enero, Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, afirmó que estamos ante “la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción”. Exhortaba así a los Estados medianos, a los países que no integran ese círculo del gran poder, a reunirse para rescatar los valores que inspiraron en su tiempo la reconstrucción del mundo luego de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.
Es verdad que estamos en un gran replanteo.
Henry Kissinger, en su clásico libro sobre el tema, dice que “todo orden internacional debe afrontar tarde o temprano el impacto de las dos tendencias que desafían su cohesión: o la redefinición de su legitimidad o un cambio significativo en el equilibrio del poder”.
La primera hipótesis ocurre cuando se abandona un esquema de valores o se impone otro por la vía revolucionaria. Por ejemplo, cuando a fines del siglo XVIII, la Revolución Francesa lanzó el ímpetu de su ideología y luego sus ejércitos para imponerse a la vieja diplomacia europea. Un caso diferente es la implosión de la Unión Soviética, en que se derrumba la legitimidad de su ideología inspiradora y, convertida en la Federación Rusa, termina restaurando el antiguo poder de su pasado zarista, Iglesia Ortodoxa incluida.
En este punto, Kissinger tiene una frase luminosa, en que, especulando sobre la eventual buena fe de Irán, afirma: “El orden no es primordialmente arrollado a raíz de la derrota militar o el desequilibrio de recursos, sino por la imposibilidad de comprender la naturaleza y el alcance del desafío que debe afrontar. En ese sentido, la prueba definitiva de las negociaciones nucleares con Irán será verificar si la afirmación iraní de la voluntad de resolver la cuestión conversando es un cambio estratégico o una argucia táctica –en pos de una política ya predominante– y si Occidente maneja lo táctico como si fuera un cambio estratégico de dirección”. Esto lo escribió en 2016, hace diez años. Los hechos han sido concluyentes en cuanto al avance de Irán en su desarrollo de energía nuclear de uso militar. No hubo la menor redefinición ideológica. Podemos pensar lo que queramos de la intervención estadounidense, pero que Irán solo buscó argucias para armarse está a la vista. Para Israel no es un punto a discutir, sino una razón para sobrevivir.
El régimen teocrático totalitario de Irán actúa con una lógica que no es la nuestra. Son religiosos fundamentalistas del primer milenio. Es difícil escucharse cuando uno habla en AM y el otro en FM.
La segunda fuerza que amenaza siempre la cohesión del orden es el equilibrio del poder y ahí nos encontramos con una situación algo paradójica. No estamos ante la Alemania nazi en el siglo XX ni mucho menos la Unión Soviética pretendiendo la difusión universal de su sistema. La nueva gran potencia es teóricamente comunista en lo político, pero hace rato que abandonó el sistema económico para transformarse en una gigantesca potencia comercial. China, miembro de la Organización Mundial de Comercio, se incorporó al sistema construido por Occidente, mientras los EE.UU. lo abandonan y defienden ardorosamente el proteccionismo.
Dos potencias intermedias, sin embargo, Rusia e Irán, han puesto en tensión al mundo entero. Y en este juego diabólico, hoy Rusia llega hasta a beneficiarse de un inverosímil levantamiento de sanciones para que cómodamente siga vendiendo su petróleo y se fortalezca en su agresión a un país europeo.
Es sobrecogedora la crisis del derecho internacional. Rusia invade Ucrania, pero el presidente Trump amenaza a Groenlandia y secuestra a un presidente-dictador. Por supuesto, celebramos la caída del dictador y asumimos que el régimen venezolano no puede invocar el derecho cuando él mismo lo desconoció formalmente. Lo que en todo caso agrava la idea de esta dramática pausa del derecho que desde la Paz de Westfalia (1648) estableció el concepto de las soberanías estatales y la exigencia del respeto a la vida política de los otros Estados.
Por si faltara poco, los tratados se incumplen abiertamente, como pasa con los aranceles a la importación, y se actúa sin barreras. El multilateralismo al que tanto empeño le hemos puesto los países democráticos hoy está desvanecido. Las Naciones Unidas, paralizadas por los vetos en el Consejo de Seguridad, desprestigiadas por sus votos automáticos en contra de Israel y muchas de sus agencias desbordadas, como la Organización Mundial de la Salud, que miró cómo en las pandemias cada Estado hacía lo que quería o podía, sin siquiera un saludo a la solidaridad.
Alejados de los acontecimientos, no podemos sino lamentarnos de ver a Occidente, nuestro Occidente, debilitado. La propia OTAN ya no ofrece tampoco el marco de acción plural que algún día se soñó. EE.UU. actúa sin dar cuenta a nadie. Europa ha resultado la pata frágil del equilibrio y, en buena parte por esa fragilidad, ha aceptado, aunque a regañadientes, el acuerdo con el Mercosur, tratando de ampliar su influencia. Hemos sumado nuestras respectivas debilidades, de diverso grado e importancia, pero debilidades al fin. De modo y manera que, si cabe saludar el acuerdo, hemos de entender que no por ello estamos entrando a la escena protagónica del orden mundial.
En ella, nuestra América Latina exhibe todos los días su irrelevancia. Por un lado, el presidente estadounidense reúne bajo su liderazgo absoluto, sin institucionalidad alguna, un “Escudo de las Américas” para combatir el narcotráfico, mientras la Cumbre de la Celac (que no incluye a EE.UU.) apenas reúne la presencia de tres presidentes. Doce delegaciones, sin sus presidentes, votaron en contra del párrafo sobre Cuba de una patética declaración que ignora su totalitarismo y la destrucción social de un país pauperizado. En solitario, Brasil y México navegan en la indefinición, esterilizando la influencia y el liderazgo que en algún momento tuvieron.
El resto actúa como si Trump fuera eterno, pero ¿qué ocurre si en noviembre queda en minoría parlamentaria?
Desde el profundo sur miramos cómo la caravana pasa. Unos, tal cual la fábula de Esopo, como “ranas pidiendo Rey”. Otros, desconcertados, no sabiendo para qué lado marchar.
Los dos grandes se miran, se recelan, aunque felizmente anuncian una reunión, punto inicial fundamental para poner claridad en medio de la humareda.
El viejo orden no termina de morir y el nuevo no termina de nacer.
