
Los posibles “efectos indirectos” del scrolling en los adultos mayores ponen en alerta a los especialistas
Pese a la falta de evidencia científica, el consenso médico actual señala que el principal riesgo del exceso de consumo de redes sociales entre mayores de 70 radica en las actividades que reemplaza
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- 6 de agosto de 2026
- 17:31
- 6 minutos de lectura

LA NACIONAlejandro HorvatEscuchar notaAgregar LA NACION en

Marcela Torino vive en Belgrano y tiene 71 años. Toda la vida se acostó tarde, pero, en los últimos años, tras retirarse de su trabajo, sus vigilias se volvieron aún más extensas. En lugar de quedarse despierta escuchando la radio, ahora permanece horas scrolleando en su feed de Instagram. Sus hijos temen que su nuevo hábito —cada vez más común entre los adultos mayores— se vuelva adictivo y termine por pasarle factura. “Mi miedo es que después esté más cansada y le cueste concentrarse en sus actividades cotidianas”, cuenta el menor de ellos a LA NACION.
El impacto negativo de las redes sociales sobre la memoria, la concentración y otras aptitudes de los adultos mayores está lejos de ser algo comprobado por la ciencia, como a veces suele plantearse. Aunque el scrolling y los videos cortos suelen asociarse con un deterioro de la atención, la evidencia científica disponible no demuestra que, por sí solos, provoquen pérdida de memoria o aumenten el riesgo de demencia en esta población.
Los especialistas advierten que no es posible extrapolar los resultados observados en adolescentes, debido a que en la vejez las redes sociales cumplen un papel diferente: para muchas personas representan una forma de mantenerse conectadas con familiares y amigos y reducir el aislamiento social, un factor conocido por aumentar el riesgo de deterioro cognitivo.
Eso no significa que las redes sean necesariamente beneficiosas ni que convenga utilizarlas sin límites. El consenso científico actual señala que el principal riesgo no parece estar en el scrolling en sí mismo, sino en sus efectos indirectos. Cuando el tiempo frente a la pantalla desplaza actividades con beneficios demostrados para la salud cerebral, como la actividad física, la lectura, el aprendizaje, el descanso adecuado o el contacto social presencial, entonces sí puede convertirse en un problema. En otras palabras, más que preguntarse cuánto tiempo pasan los adultos mayores en las redes sociales, la evidencia invita a preguntarse qué dejan de hacer mientras las usan.

Una de las revisiones más recientes, publicada este año en International Psychogeriatrics, analizó 64 estudios sobre el uso de redes sociales en personas mayores y concluyó que estas plataformas pueden disminuir el aislamiento social y favorecer la interacción. Todavía, en tanto, no existen pruebas consistentes de que deterioren la memoria o aceleren el desarrollo de demencia. Los autores remarcan que la principal limitación es la escasez de investigaciones que sigan a los mismos participantes durante muchos años, una condición necesaria para establecer una relación de causa y efecto.
Para Guido Dorman, jefe del Departamento de Neurología Cognitiva de INECO, la evidencia disponible obliga a distinguir entre aquello que ya fue demostrado y lo que todavía permanece como una hipótesis. “Lo que sí muestran los estudios es que el uso muy intensivo de contenidos breves se asocia con peor atención sostenida, mayor distractibilidad y menor control inhibitorio”, explicó. A su juicio, la gran incógnita sigue siendo qué ocurre después de muchos años de exposición. “La evidencia actual es sugestiva, pero todavía insuficiente” para afirmar que exista un daño permanente sobre el funcionamiento cerebral.
Algunas de estas variables fueron analizadas en un metaanálisis publicado en el Psychological Bulletin de la American Psychological Association, que reunió datos de 71 investigaciones con casi 100.000 participantes para evaluar específicamente el consumo de videos cortos y el scrolling. Los investigadores encontraron una asociación consistente entre el uso intensivo de este tipo de contenidos y un peor desempeño en atención sostenida, control inhibitorio y otras funciones ejecutivas. Sin embargo, remarcan que la evidencia sobre memoria continúa siendo mucho menos concluyente.

Respecto de la concentración, Dorman explicó que el consumo continuo de contenidos breves favorece una atención orientada a la novedad y al cambio constante, lo que puede dificultar sostener el foco durante tareas más prolongadas, como leer un libro o seguir una conversación extensa. Sin embargo, aclaró que ese fenómeno parece responder más a un hábito atencional que a una lesión irreversible del cerebro. Además, recordó que el envejecimiento normal ya implica una menor velocidad para procesar información y cambiar entre distintos estímulos, por lo que el impacto en adultos mayores podría ser diferente al observado en personas jóvenes.
El neurólogo también advirtió que algunas personas podrían ser más vulnerables frente a un uso intensivo de las redes sociales, especialmente quienes presentan deterioro cognitivo leve, ansiedad, depresión o trastornos del sueño. En esos casos, explicó, el scrolling puede potenciar dificultades ya existentes, como la distracción, la sobrecarga de información o el insomnio.

“La evidencia más sólida va, en gran parte, en contra del sentido común. La tecnología digital, cuando se utiliza de forma activa y para mantener vínculos sociales, protege más de lo que daña”, señaló Pablo Bagnati, especialista en psiquiatría y coordinador de Neuropsiquiatría del Servicio de Neurología Cognitiva de Fleni.
En ese sentido, recordó que el metaanálisis más amplio realizado hasta el momento sobre envejecimiento y tecnología encontró que los adultos mayores que utilizan herramientas digitales (no solo redes sociales, sino cualquier tipo de tecnología) de manera habitual presentan un menor riesgo de deterioro cognitivo que quienes permanecen completamente alejados de ellas. Aun así, sostuvo que eso no implica que el uso excesivo sea inocuo. “El scrolling no parece ser un insulto directo para el cerebro. El riesgo aparece cuando le quita tiempo a actividades que sí sabemos que protegen la salud cerebral, como dormir bien, hacer actividad física o mantener vínculos sociales”, explicó.
El especialista también destacó que no todas las formas de utilizar las plataformas tienen el mismo impacto. “No es lo mismo hacer una videollamada con un familiar, escribir un mensaje o participar de una conversación que limitarse a consumir contenido de manera pasiva durante horas. El uso activo, el que fortalece los vínculos y exige cierta participación cognitiva, es el que podría aportar beneficios”, concluyó.
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