
El centenario del nacimiento de Antonio Carrizo: las conversaciones con Borges, su amor por los libros y su curiosidad infinita
Este martes, el gran locutor y animador, figura de la cultura argentina del siglo XX, recibirá un homenaje en Radio Nacional

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Atodas las menciones, citas, ideas, memorias y evocaciones que acompañaron durante todo este año el recuerdo de Jorge Luis Borges, al cumplirse 40 años de su fallecimiento, les falta una sola voz, también protagonista de un aniversario que merece ser recuperado. De lo contrario estaríamos cometiendo una severa injusticia, una mancha inmerecida en la historia cultural (pequeña o grande, más popular o más selecta) del siglo XX en la Argentina.
Antonio Carrizo, uno de los pocos privilegiados que con toda razón podía jactarse de pertenecer a cada una de las categorías de nuestro patrimonio cultural, siempre tuvo mucho para decir sobre Borges. Y encontró muchas veces, afortunadamente, la oportunidad y el espacio para difundirlo.
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Ese vínculo fecundo entre el gran escritor y el notable locutor seguramente aparecerá más de una vez en el anochecer de este martes 15, cuando amigos, colegas, personalidades de la cultura y de los medios y sencillos admiradores de a pie se congreguen en el auditorio con mayor historia de la radiofonía argentina (Maipú 555, sede de Radio Nacional) para homenajear a Carrizo el día en que se cumple el centenario de su nacimiento.

Borges fue uno de los infinitos mojones en el apasionado recorrido vital y artístico que Carrizo llevó adelante hasta convertirse en una de las figuras esenciales de la radio y la televisión argentina y, al mismo tiempo, en una personalidad de la cultura con méritos que a esta altura todos reconocen.
Fue un hombre, por ejemplo, que cultivaba con esmero la pasión de todo bibliófilo. Quienes lo visitaban en el amplio departamento que ocupaba a metros del cruce entre las avenidas Las Heras y Pueyrredón, con una bella vista a la Plaza Barrientos, siempre admiraron las primeras ediciones que formaban parte de su colección.
Allí había, por supuesto, varios ejemplares (algunos verdaderamente únicos) de la revista Sur, en cuyas páginas Borges escribió activamente, y Carrizo sentía que la mejor manera de agasajar o brindar un reconocimiento era obsequiarle alguno de ellos con dedicatorias y palabras de puño y letra.

Allí atesoró también una colección casi inverosímil de papeles, recortes, citas y menciones periodísticas y literarias sobre Borges. Era su manera de reconocer una admiración incondicional hacia la figura del autor de El Aleph y establecer con él un primer acercamiento, luego felizmente profundizado a través de constantes encuentros y varias entrevistas, algunas de ellas memorables.
Esa colección aparece mencionada en Biografía de Jorge Luis Borges, la monumental película de Mariano Llinás que acaba de estrenarse en Venecia y pronto llegará a los cines de nuestro país. Su derrotero y posterior destino aparece relatado en una espléndida evocación que LA NACION publicó en mayo de este año con la firma de Guillermo Courau.
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Allí, el propio Carrizo recuerda que un pronunciado bajón anímico que sufrió tras la fallida aventura como agregado cultural en la embajada argentina en España, en 1992, lo llevó a desprenderse de ella. Siempre se arrepintió de esa decisión, pero admitió que no tuvo más remedio que tomarla.

Ese acervo sigue siendo uno de los detalles menos conocidos de su biografía junto a Borges, muchísimo menos que los videos de algunas de las conversaciones entre ambos, que hoy pueden rescatarse en YouTube. Y la mejor versión de esas charlas está guardada en las 313 páginas de Borges, el memorioso, libro editado por el Fondo de Cultura Económica que transcribe las diez entrevistas grabadas para La vida y el canto, el programa radiofónico por excelencia de toda la carrera de Carrizo frente al micrófono, entre julio y agosto de 1979.
“La vida y el canto es un programa de autor que despertó un matiz lúdico en mi vida, una forma de felicidad que se convierte en un estilo profesional: descubrí el mundo de los libros”, dijo una vez. Carrizo en estado puro.
Al final de esas conversaciones emitidas por Radio Rivadavia, con la participación ocasional de Roy Bartholomew (escritor, ensayista y diplomático que ejerció el periodismo en las páginas de LA NACION), aparece un pequeño apéndice en el que se narra el primer contacto entre Borges y Carrizo. Ocurrió el 19 de noviembre de 1955, durante una comida que reunió a algunos de los más importantes escritores argentinos en un homenaje al poeta Vicente Barbieri.
“Señor Borges –le preguntó Carrizo, presente allí para entrevistarlo en representación de Radio El Mundo-, ¿qué dice usted a quienes afirman que en su obra hay solo erudición y vastedad de conocimientos?”. Respondió Borges: “Que quizás tengan razón los que piensan así. Pero yo creí haber puesto otras cosas. Creí haber puesto gente, calles, crepúsculos”.

Quienes admiran por igual a Borges y a Carrizo habrán encontrado allí una feliz y sutil coincidencia, salvando por supuesto las distancias. Ese hombre alto y de voz enfática nacido en General Villegas el 15 de septiembre de 1926 también se empeñó en sumar personas, lugares y miradas a su incansable curiosidad, en la que había lugar para todo: las letras argentinas, la popular de la cancha de Boca, la poesía gauchesca, el tango, el humor televisivo (junto al inefable “contra” de Juan Carlos Calabró), la radio, el ajedrez, la política, la commedia all’italiana (era un gran admirador de Vittorio Gassman) y tantas otras cosas.
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No deja de ser curioso el hecho de que una figura que vivió tan cerca de los libros haya construido su permanencia en los medios y su reconocimiento popular desde el habla.
“Mi vocación es la charla”, decía siempre con orgullo. Por eso no había lugar en el que se sentía más cómodo y más feliz que en un estudio de radio, frente a un micrófono, golpeando la mesa desde alguna afirmación bien enfática.
Carrizo también se movía con igual naturalidad y aplomo en la televisión, donde llevó adelante una notable carrera. Fue protagonista y testigo privilegiado a la vez de algunas de las grandes transformaciones de ese medio.
Pero su hogar, al principio y al final de su larga carrera, fue la radio. Esa misma radio que las nuevas generaciones no pueden concebir hoy sin imagen, pero que de la mano de próceres como Carrizo alcanzaba la natural plenitud de su magia cuando era pura palabra y las voces se conectaban directamente con la imaginación del oyente.
De esa alquimia única surgieron ideas extraordinarias, incomprensibles para la lógica actual de un medio que no concibe esos juegos de prestidigitadores frente al micrófono. Un día, a Carrizo se le ocurrió armar en La vida y el canto un segmento que recreaba, a la manera de los viejos reductos tangueros (y estudios de radio en épocas ya perdidas), un “concurso de cantores”. Había aplausos, ruidos de ambientes, murmullos y la voz inigualable de Carrizo presentando algunas grabaciones históricas de figuras del tango como si esas voces estuviesen compitiendo por algún premio. Algo así hoy sería imposible de hacer.

“Mi piel han sido los libros; mi memoria es General Villegas; mis ojos, todo lo que veo; el escenario de mi vida en Buenos Aires, el bar restaurante El Rody, La Biela y mis amigos; mi manicomio, el palco de Boca. Se me mueven los huesos con las orquestas de Di Sarli y Troilo y con las voces de Floreal Ruiz, del Polaco Goyeneche, del Cabezón Castillo. Lloro con ellos”, le dijo a LA NACION en octubre de 2003.
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No podríamos encontrar un mejor resumen de su vida que este autorretrato. Pero cualquier biografía necesita de algunos datos duros para ser completa y precisa: nació como Antonio Carrozzi Abascal, hijo de un farmacéutico lleno de penurias económicas en Villegas, ese enclave bonaerense cercano al límite con la provincia de La Pampa que empezó a conocerse gracias a uno de sus dos oriundos más famosos (el otro es el escritor Manuel Puig).
A los 12 años, tiempo en el que leía en sus ratos libres a Víctor Hugo, a una maestra le llamó la atención el modo en que recitó en el aula un poema de Olegario Víctor Andrade. No tardó en ser la voz de la escuela encargada de los recitados en los actos patrios. Luego empezó a leer avisos desde una propaladora callejera y más tarde se convirtió, casi naturalmente, en presentador de orquestas, animador de bailes y maestro de ceremonias en las fiestas populares de la zona.
Después llegó la radio (empezó a hacer suplencias en 1948, cuando un publicista lo tentó para mudarse a Buenos Aires y probar suerte en las emisoras más importantes) y más tarde la televisión: fue protagonista de la transmisión inaugural de Canal 13, en octubre de 1960 y a partir de allí pasó por todos los canales, formatos y estilos como presentador, animador y partenaire de grandes figuras cómicas: antes de Calabró hizo cosas parecidas junto a Luis Sandrini y Niní Marshall.
Los grandes, ciclo de encuentros con personalidades ejemplares del arte, la cultura y el espectáculo, fue en los años 80 la cumbre de una trayectoria llena de logros, méritos y algunos matices: el tiempo de las estériles discusiones futbolísticas en el panel de Tribuna Caliente y hasta la conducción de un segmento de El show de VideoMatch con cámaras ocultas. Murió el 1° de enero de 2016, con 89 años.
Este martes, en el homenaje que se le tributará en Radio Nacional, seguramente aparecerán otros detalles biográficos menos conocidos. Así lo promete el villeguense Emiliano Betanzo, que cerrará la velada con la presentación de Contengo multitudes, la primera biografía de Carrizo. El prólogo lleva la firma de Julio Lagos, que también conducirá el homenaje este martes.
“Me parecía que, sobre todo para mi generación y los más jóvenes, era una figura que había quedado un poco lejos”, anticipó hace pocos días el autor del libro. Este martes tendremos la ocasión de comprobar que, a cien años de su nacimiento, Antonio Carrizo todavía tiene mucho para decirnos.
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