
El calvario de Noelia y la madre deseada
Sobre el caso de eutanasia en España y los feligreses militantes. En Argentina los proyectos de ley duermen en el Congreso. Nadie los trata. El debate espanta más de lo que convoca.
Noelia, la joven que decidió morir tras una larga lucha contra su padre.
Es una historia inmensamente triste, una fuente de todas las lágrimas.
Noelia Castillo Ramos, tan joven, con toda la vida por delante si no fuera por el horror que le quebró el cuerpo, optó por la eutanasia.
Eligió la muerte asistida.
El dolor la había mordido para siempre.
Todo era insoportable. Su padre quiso extender ese martirio y ella estaba tan sola en su tormento que prefirió y luchó para dejar este mundo que para ella fue el infierno.
Noelia padecía un Trastorno Límite de Personalidad, TLP. Esa distorsión psíquica complejizó el debate sobre su derecho a morir dignamente. Porque si no estaba en sus cabales, afirmaban quienes se oponían a su eutanasia, no podría elegir su partida hacia el deceso tan buscado.
Pero es que todo era sufrimiento. Una herida psíquica y física. Persistir viva era ahondar la herida.
Y esa asociación ultra religiosa a la que su padre se aferró quiso imponer un mandato moral terrible: sufrir es necesario, sufrir siempre. La bioética devocional no es ética. Es una imposición disfrazada de moral.
No hay derecho a elegir en lugar del que sufre.
Noelia era ella, no los feligreses militantes, pretendidos propietarios de las agonías ajenas. Había sufrido y cargado las cicatrices emocionales producidas por su familia tan dañina, porque hay casos terribles en los que los progenitores se convierten en una maldición.
Su madre, Yolanda, no quería la eutanasia de su hija, pero asumió al final que sería inminente y quiso acompañarla en el último instante.
Noelia eligió morir en soledad.
En paz.
La acongojada paz de la partida porque aquí no queda nada sino el espanto.
Nada peor que el infierno en vida.
Noelia fue violada en manada, se arrojó al vacío, y se le deshizo el cuerpo.
Fue castigada impiadosamente por el destino.
“Nadie en mi familia está a favor de la eutanasia. Yo me voy y ellos se quedan aquí con todo el dolor, pero pienso en todo el dolor que he sufrido en todos estos años”.
Su agonía merece respeto profundo: “No tengo ganas de nada, ni de comer, ni de salir, ni de hacer nada; siempre me he sentido sola”.
Es la soledad su drama más hondo.
Los denominados “Abogados Cristianos”, que luchaban para sostenerla agónica y con vida, publicaron en redes: “Antes de matar a una persona, vamos a tratarla”.
No había tratamiento exitoso posible, solo extensión de sus padecimientos.
Es sencillo decidir cuando los que sufren son otros.
Es la insoportable superficialidad de los crédulos dogmáticos en ese Dios artificial construido por ellos para impedir el libre albedrío.
Lo que está en juego es el difícil territorio de la libertad. Los argumentos históricos y religiosos en contra del suicidio se amparan en que uno mismo no se pertenece, sino que pertenece a todos, a sus queridos, a sus cercanos y sobre todo a Dios.
¿Pero qué sucede cuando no hay cercanos al insoportable puñal del dolor?
No hay nada más íntimo que el dolor.
La autonomía sobre la propia existencia no es un privilegio: es el núcleo de la dignidad humana. Es lo que sostienen los más serios especialistas en bioética, como los filósofos Peter Singer y Ronald Dworkin.
En Argentina, mientras tanto, los proyectos de ley sobre eutanasia duermen en el Congreso. Nadie los trata. El debate espanta más de lo que convoca. Es el miedo, o quizás la indolencia, para sumergirse en el epicentro mismo de la encrucijada entre la vida y la muerte voluntaria. Noelia obtuvo su derecho en España porque en España existe una ley. La ley no mata: ampara. Pone al Estado del lado del que padece, y no del lado de quienes administran el dolor ajeno como si fuera una propiedad colectiva.
Lo que los opositores de Noelia llamaban “protegerla” era exactamente lo contrario: negarle el único bien que le quedaba intacto. Su voluntad.
Eligió unas fotografías para llevar consigo cuando partiría. Una en la que ella misma aparecía pintando un retrato de su madre. El énfasis en la foto era ella, era ella pintándola. Otra con Wendy, la perra que amó en su infancia, cuando todavía era posible ser feliz, cuando su cuerpo no era una prisión sin ventanas. Otra foto de su primer día de colegio. Y otra de su infancia.
Se fue con eso. Con esos fragmentos del mundo anterior al horror.
Se eligió a ella pintando a su madre. A su madre deseada. No a Yolanda, la madre real. Y a su perra, puro ser, pura fidelidad y compañía.
Su vida fue un cristal que se destrozó en mil pedazos.
En 1968 Ramón Sampedro quedó cuadripléjico. Luchó durante 30 años, postrado y en vano pidiendo la eutanasia- no había ley entonces- aunque logró morir ayudado por amigos, que le acercaron el brebaje que él ingirió por propia voluntad. Él, Sampedro escribió con un bolígrafo que manejaba desde su boca un poema emblemático:
Mi cuerpo ya no es mi cuerpo… Tu mirada y mi mirada como un eco repitiendo, sin palabras: «más adentro», «más adentro», hasta el más allá del todo, por la sangre y por los huesos.
Pero me despierto siempre y siempre quiero estar muerto.
¿Dónde quedó el amor en la vida tan tortuosa de Noelia? Fue la falta de amor su condena. Fue la irresponsabilidad paterna, que prefirió la adicción a la obligación moral de tener y cuidar a una hija.
Su corazón ya no late, su dolor ya no la tortura.
Hasta más allá de todo.
El amor es más fuerte que la muerte, se afirma en los textos sagrados.
Pero la muerte es más fuerte que la desaparición del amor.
