
“La parentificación es traumática y abusiva”: qué pasa cuando los hijos asumen el rol de sus padres
Qué hay detrás de este fenómeno y por qué puede implicar un trauma para el niño o adolescente.Qué consecuencias puede tener en la infancia, la adolescencia y la vida adulta.
“La parentificación es traumática y abusiva”: qué pasa cuando los hijos asumen el rol de sus padres. Foto: ilustración Shutterstock.
08/04/2026 05:00
Hay infancias que se acortan sin aviso. Chicos que aprenden demasiado temprano a resolver, contener, sostener. A veces se celebra como madurez o responsabilidad. Pero cuando empiezan a hacerse cargo -emocional o prácticamente- de sus propios padres u otros familiares, algo se desordena. Es ahí donde aparece el fenómeno llamado parentificación.
El término fue acuñado por el psiquiatra Iván Böszörményi-Nagy en la década de los setenta y describe una dinámica familiar disfuncional en la que los hijos asumen los roles de los padres, y viceversa.
Se trata de una inversión de roles dentro de la familia. Como explica a Clarín la psicoanalista y licenciada en Ciencias de la Educación Marisa Factorovich, ocurre cuando “los niños -o adolescentes- asumen responsabilidades que no les competen y quedan ubicados en un rol de adulto”.
Según la ciencia, existen dos tipos principales de parentificación. Por un lado, la instrumental, que surge cuando alguien asume tareas concretas de adulto, como cuidar a sus hermanos o hacerse cargo de la casa de manera constante. Por otro, la emocional, que se da cuando pasa a ser sostén afectivo de los padres, al escuchar sus problemas o funcionar como apoyo.
En ambos casos, el problema no es una acción aislada, sino la repetición y la carga que implica. “El niño se queda sin adultos que le den el lugar que merece y que lo cuiden, y queda exigido a cumplir una función que le queda enorme”, explica. Y es tajante: “Es un hecho absolutamente traumático”.
La parentificación puede entenderse como una inversión de roles dentro de una familia. Foto: ilustración Shutterstock.
La parentificación no es colaborar
Uno de los puntos clave -y donde suele haber confusión- es diferenciar la parentificación de la colaboración cotidiana.
Poner la mesa, ordenar o ayudar con tareas simples forma parte del aprendizaje. “Es un pedido que le enseña a ser parte de esa familia, a lograr un cierto grado de autonomía”, sostiene.
La diferencia está en la exigencia y en el lugar que ocupa el niño: “Ayudar en la casa o en el colegio es algo acorde a lo que él puede hacer. Puede querer hacerlo o no, pero no comporta ningún efecto traumático”.
En cambio, cuando el niño pasa a ser sostén del adulto, el escenario cambia. “La parentificación es directamente un hecho abusivo, un abuso parental”, afirma.
Consecuencias que pueden durar años
Franco Cardozo es de Córdoba, tiene 30 años y conoce lo que implica asumir responsabilidades antes de tiempo. A los 16, su cuñada falleció y debió mudarse a Buenos Aires junto a su madre para ayudar a su hermano y a sus sobrinos en el hogar.
Tiempo después, él mismo empezó a sostener económicamente y emocionalmente a su madre. “De un día para el otro comencé a cumplir ese rol de adulto”, cuenta a Clarín.
La situación se volvió más compleja cuando, en pocos años, perdió a ambos padres. “Pasé por mucha ansiedad y depresión. Era una tristeza muy grande, pero no lo demostraba: no quería estar en mi casa. Salía todos los días, no quería encontrarme solo”. Con el tiempo logró rearmar su vida, aunque reconoce el costo emocional de ese proceso. “Hoy pienso que tendría que haber ido al psicólogo”, dice.
La parentificación puede aparecer por distintos motivos: desde la inconsciencia de los adultos hasta situaciones de necesidad o crisis familiar. Pero, más allá del origen, el impacto en el desarrollo es profundo. A largo plazo, los efectos pueden extenderse y complejizarse. “No hay una relación lineal de causa-efecto, pero sí aparecen síntomas que se repiten”, explica Factorovich.
Durante la infancia, lo que suele observarse es un chico “agobiado, muy triste, muy cansado”, al que le cuesta divertirse o sostener espacios de juego. Pero en la adolescencia ese impacto puede volverse más visible. “Es un adolescente muy preocupado, interferido en su vida para salir, divertirse o compartir con amigos. Vive como en una doble escena”, describe.
Esa división también se traslada a los vínculos: “Puede sentir vergüenza de lo que le pasa y le cuesta mucho compartirlo con sus pares, porque sabe que no es lo lógico”. El malestar, además, muchas veces aparece en el cuerpo. “Puede haber dificultades para dormir, dolores de cabeza o de panza, y problemas de concentración”, agrega.
El impacto de la parentificación tiene profundas consecuencias en el desarrollo. Foto: ilustración Shutterstock.
La evidencia científica reciente respalda lo que se observa en la práctica clínica. Un estudio llamado Cuando cuidar se vuelve una carga: la parentificación y sus vínculos con los estilos de relación, la depresión y la ansiedad en adultos jóvenes –publicado en 2025 en la revista BMC Psychology- analizó los efectos de la parentificación en una muestra de 448 estudiantes universitarios.
Los resultados mostraron que quienes habían asumido roles de cuidado hacia sus padres durante la infancia o adolescencia presentaban mayores niveles de ansiedad y depresión en la adultez joven. Pero además agrega algo clave: no todo depende solo de lo que pasó, sino también de los vínculos que esa persona construye después. Es decir, las relaciones que tiene en su vida adulta pueden empeorar o aliviar ese impacto.
En concreto, los vínculos más conflictivos o “tóxicos” tienden a profundizar el malestar, mientras que los más sanos pueden ayudar a procesarlo mejor. Incluso, en algunos casos, esas experiencias tempranas pueden traducirse en mayor autonomía o capacidad de resiliencia.
Cuando los chicos ocupan el lugar de los adultos
Para Factorovich, la clave no está solo en detectar la situación, sino en poder correrse a tiempo. “Siempre que un adulto le exige a un menor cumplir algo que no está en sus posibilidades, es traumático. Especialmente en la infancia, ya que lo que caracteriza a la niñez es el juego, no el trabajo”.
La especialista insiste en que no se trata de casos excepcionales, sino de dinámicas que pueden aparecer en lo cotidiano, muchas veces sin intención de daño: padres que comparten con sus hijos preocupaciones económicas, angustias personales o conflictos de pareja, colocándolos en una posición inadecuada.
“El niño no está preparado para escuchar eso. Es un peso muy grande y genera una enorme soledad y culpa, porque pierde al adulto como referencia”, señala.
Por eso, más que una etiqueta, la parentificación funciona como una alerta. “Cuando eso pasa, lo que está en juego no es solo una etapa, sino algo más profundo: la posibilidad de vivir una infancia -o una adolescencia- en el lugar que corresponde”, concluye la psicóloga.
