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Después de dar por muerta a la TV, Mario Pergolini volvió para hacer el mejor programa del año
El ciclo Otro día perdido logró romper un largo ciclo de pereza creativa e intelectual en los canales de aire locales
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- 20 de diciembre de 2025
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LA NACIONMarcelo StiletanoEscuchar Nota
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Después de un primer ciclo de 115 emisiones que se cerró este viernes 19 de diciembre hay que llamar a Otro día perdido como lo que es. Acaba de cerrarse la temporada inicial del mejor programa de nuestra devaluada televisión abierta en todo 2025.
La confirmación de que habrá un segundo año en el aire de El Trece, a partir de una fecha todavía imprecisa del primer tramo de 2026, es la rúbrica de este pequeño gran milagro. Otro día perdido nos devolvió el interés y la curiosidad por saber en qué andan los canales de aire. Y sin necesidad de estar pendientes o atentos a las planillas de rating.
Lo que importa aquí es otra cosa. La vieja televisión, esa que nos acompaña desde los orígenes mismos del entretenimiento hogareño, recuperó gracias a esta idea algo de su antigua identidad, extraviada en los últimos tiempos entre programas prescindibles, indolentes, de ocasión o directamente invisibles.
Con Otro día perdido ocurrió algo muy sencillo: alguien se decidió por fin a cambiar el chip y alterar el mecanismo que viene dominando a los canales abiertos. El programa encabezado por Mario Pergolini fue la gran excepción a la regla de pereza intelectual y material que se extendió durante los últimos años por los canales abiertos como una epidemia sin remedio.
Los resultados del programa nos demostraron que no era muy difícil encontrar un antídoto para estos males y aplicarlo de inmediato. Frente a un tablero televisivo lleno de “ideas” rígidas, paralizadas o ejecutadas solo a partir de movimientos pesados y burocráticos, Otro día perdido se destaca a primera vista porque frente a los ojos del espectador tiene todo el aspecto de un organismo mediático muy saludable.
Con tanta incongruencia, tanta desidia y tanta holgazanería puestas durante demasiado tiempo al servicio de una programación descartable, olvidamos cuáles son los elementos que definen la vitalidad de una idea televisiva. El primero de todos es aplicar el mayor espíritu creativo posible para que la natural repetición en cada emisión de las características básicas de un programa no se convierta en una experiencia fatigosa.

Por naturaleza, cualquier contenido de TV se configura a partir de un determinado eje o un núcleo que logra atraer al espectador. Una vez que la idea básica empieza a funcionar, de allí en más se sostiene en el tiempo explorando todas las variaciones posibles de aquella propuesta fundamental. Así se configuró casi todo lo que llamamos “no ficción” en el mundo televisivo: programas de entretenimientos, de humor, de preguntas y respuestas, talk shows o ciclos de variedades.
En términos de género, Otro día perdido por fin parece haber encontrado la versión más argentina posible del clásico modelo de late night show desarrollado y consolidado en la TV estadounidense. Le encontró la vuelta al mostrar que no tiene sentido clonar la fórmula norteamericana sino encontrar alguna fuente local que pueda adaptarse lo mejor posible al modelo original, tan influyente en buena parte del planeta.
Esa alquimia local se logró actualizando o adaptando a la nueva realidad algunas de las recetas aplicadas en su momento por Caiga Quien Caiga (CQC), cuyo responsable creativo detrás de las cámaras (Ernesto “Cune” Molinero) ocupa un lugar parecido dentro del organigrama de Otro día perdido. Llevó unas cuantas semanas ajustar el esquema, pero en las últimas semanas se perfeccionó lo suficiente como para funcionar muy bien.
Veamos. Todo late night show necesita de un conductor ocupando todo el tiempo el centro del espacio. Captura desde allí la atención, la concentra y reparte las cartas en un juego de ida y vuelta entre ese eje y toda la periferia del estudio.
En esta variante local, Pergolini ocupa formalmente ese rol pero al mismo tiempo prefiere abstenerse de ocupar el lugar de protagonista único y dueño excluyente de la palabra. Por el contrario, cada emisión se abre con un monólogo a tres voces entre Pergolini y sus dos magníficos escuderos, el inspirado Agustín “Rada” Aristarán y la muy ocurrente Laila Roth, grata revelación del programa.
Estamos frente a la versión 2025 del viejo trío de CQC, parecida y diferente a la original a la hora de comentar la actualidad y buscar el remate (punch line) más gracioso para cada noticia. El cuidadoso trabajo de edición (fundamental en este primer tramo) aplicado a la música, a los separadores artísticos entre secciones y a los móviles que cubren la calle también nos remiten a aquél viejo éxito liderado por Pergolini.
Si ese primer tramo alcanza velocidad y precisión como “resumen de noticias” (así se presentaba CQC), el segundo exhibe mayor pureza en los términos estrictos de un late night show. Es allí cuando descubrimos con felicidad que por fin la TV abierta renuncia a la holgazanería y se pone a trabajar para que una misma idea suene distinta en cada nueva emisión.
Es un placer para el espectador contemplar cómo la maquinaria de un programa televisivo como este empieza a moverse.Con el desplazamiento de las cámaras (no importa si se hace a la velocidad del clip o de manera más pausada) se logra un aprovechamiento integral del set.
La certera dinámica de ese juego de imágenes nos lleva, por ejemplo, a observar con curiosidad qué está pasando en la tribuna, cómo reaccionan los animadores y hasta cuál es el aporte de la banda musical. La escenografía es impecable y la puesta en escena facilita el aprovechamiento integral de ese espacio, sobre todo cuando llega el momento de recibir a los invitados.
Aquí surge otra virtud genuina del programa. En el previsible desfile de famosos (algunos de los cuales no suelen aparecer con frecuencia ante las cámaras) el programa fue encontrando un funcionamiento parejo, sin los pronunciados altibajos del comienzo, en los que tuvo bastante que ver el estado de ánimo de Pergolini, más atento o más disperso según el caso. Esa ciclotimia se fue esfumando a lo largo de las emisiones.
Grandes momentos
Lo mejor llega cada vez que los conductores y la celebridad del momento comparten o intercambian impresiones con invitados mucho menos previsibles (jóvenes científicos, emprendedores, promotores de acciones comunitarias poco difundidas). Es el resultado de un tipo de comunión imprevista en infinidad de ocasiones pasadas alumbró grandes momentos televisivos.
Estas cosas solo pasan cuando quienes hacen un programa tienen tanta curiosidad como los destinatarios del mensaje. La TV con pereza intelectual hace estragos cuando no entiende que el entretenimiento también necesita de cierta dosis de sorpresa, descubrimiento y asombro frente a todo lo que no siempre está a la vista.
Ese mismo espíritu se extiende las prodigiosas intervenciones de Aristarán en su faceta de ilusionista. Toda una renovada demostración, sorpresiva para muchos (aunque no para quienes crecimos viendo cada mañana en la vieja tele en blanco y negro los episodios de las “Manos mágicas”), de que la magia puede expresarse de la mejor manera a través del lenguaje televisivo. Ese momento de prestidigitación está entre lo mejor de la temporada y lo más esperado de cada emisión.
Hemos dicho cuando el ciclo se puso en marcha que Aristarán es mucho más que un sidekick, término clásico que en el mundo de los late night shows estadounidenses se aplica a la segunda voz del programa, a cargo de las presentaciones y de algún intercambio risueño con el conductor.
Además de lugarteniente de Pergolini, el enérgico y ubicuo “Rada” es la pieza imprescindible que se encarga de hacer todas las correcciones necesarias sobre la marcha para que el programa no pierda la intensidad. Hasta podría decirse que marca con su propio pulso el ritmo entero del programa. Y que el aplomo y el muy buen humor que muestra Pergolini en el sillón de conductor y entrevistador dependen en buena medida de ese combustible.
No todo en Otro día perdido alcanzó la misma eficacia. El uso sistemático de algunas herramientas de inteligencia artificial en publicidades o secciones enteras agotó rápidamente el interés y con el tiempo se convirtió en una experiencia puramente artificial y cada vez más fatigosa de seguir.
El procedimiento, al ser inédito en la televisión argentina, deja algunas enseñanzas. Sobre todo el reconocimiento de que ninguna realización artística adquiere valor a partir de la supuesta perfección de sus imágenes. Todo lo contrario: para que un mensaje televisivo funcione o sea creíble necesita una cuota de imprevisibilidad que lo hace mucho más auténtico.
Una figura particular
Tampoco quedará en el recuerdo del público esta primera temporada de Otro día perdido si la medimos a partir de las sentenciosas parábolas aportadas en el cierre de cada emisión por el pastor evangélico, orador motivacional y showman Dante Gebel, nacido en nuestro país y radicado en los Estados Unidos.
Nadie extrañó la ausencia de las glosas de Gebel en las emisiones más recientes de Otro día perdido y hasta podría decirse que el programa se hizo más compacto y dinámico cuando esa sección cedió su lugar a una versión más ampliada del reportaje del día.
Cualquier balance dirá que esta aparición de Gebel (a juzgar por los elogios que viene recibiendo de parte de algunos sectores de la oposición) resultó más útil para su eventual posicionamiento como una eventual figura de recambio dentro del peronismo para el futuro cercano de la política argentina que para los seguidores de Otro día perdido.
Más allá de estos detalles, Pergolini y compañía lograron que se volviera a hablar de la televisión abierta en la Argentina. Y que después de mucho tiempo se note en un envío surgido de un canal abierto que detrás de lo que muestran las cámaras hay un trabajo consistente de producción y planificación que respeta al televidente, con Alejandro Borensztein y Diego Guebel como figuras visibles. Razón suficiente para que reconozcamos a Otro día perdido, por mucho margen, como el mejor programa de la TV abierta de 2025 hecho en la Argentina.


Me encanta Pergolini