
«Emergencia librera» en todo el país: las librerías de barrio piden auxilio para no bajar la persiana
La Federación Argentina de Librerías declaró clima de crisis frente a un escenario asfixiante. Con caídas en la facturación que superan el 40% y costos operativos por las nubes, los locales sobreviven a base de ahorros personales y deudas.


Mantener las puertas abiertas de una librería independiente en la Argentina se convirtió en un acto de resistencia financiera. Atrapados en una tijera letal que combina el desplome brutal del consumo con la disparada de los servicios, los comerciantes del sector llegaron a un punto de quiebre. Frente a este escenario, la Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Afines (FALPA) declaró formalmente la «emergencia librera» a nivel nacional.
La situación es tan crítica que el reclamo ya busca hacer eco en los despachos políticos. Según reveló el diario La Nación, el presidente de la entidad, Jorge García, solicitó reuniones urgentes con diputados para llevar el pedido de emergencia directamente al Congreso. Para respaldar esta iniciativa, cuentan con el apoyo cerrado de la Fundación El Libro (FEL), entidad que validó la alarma tras relevar el hundimiento de los números en unos 1200 locales independientes de todo el país.

Las estadísticas que empujan este pedido de auxilio son letales. Al comparar los primeros ocho meses de este año con el mismo período de 2023, la cantidad de ejemplares vendidos se derrumbó un 25%. Pero el verdadero drama asoma al descontar el efecto inflacionario: la facturación real de los comercios se desplomó un 41,5%. En términos prácticos, por cada 100 pesos reales que entraban a la caja hace tres años, hoy apenas ingresan 58,5.
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Mientras los ingresos se evaporan, mantener las luces prendidas cuesta cada vez más. El indicador que mide la logística, las comunicaciones y los servicios registró un salto real del 31,1% desde 2023. Con márgenes de ganancia neta que apenas rozan entre el 2% y el 5%, los dueños de los locales sobreviven raspando la olla: postergan pagos, se endeudan, usan sus propios ahorros y hasta resignan su propio sueldo para evitar bajar la persiana definitivamente.

En medio de esta tormenta perfecta, la cancha está claramente inclinada. A diferencia de las grandes cadenas comerciales que pueden conseguir descuentos mayoristas de hasta un 55% y tienen más espalda para aguantar la crisis, las librerías de barrio apenas logran rebajas del 35% al 42% por parte de las editoriales. Ese porcentaje, lejos de ser pura ganancia, es el único colchón disponible para cubrir alquileres, sueldos e impuestos.
El impacto de este deterioro trasciende la simple economía y golpea de lleno en la cultura. La entidad vinculó esta crisis comercial con los desastrosos resultados de las pruebas PISA, que expusieron que el 60% de los adolescentes de quince años no alcanza el nivel básico de comprensión lectora. Como bien alertó la cámara a través de sus redes sociales, cuando quiebra un local no solo se pierde un negocio, sino que desaparece un espacio vital de encuentro y promoción cultural en la comunidad.
El plan de rescate y la tecnología como aliada
Para frenar la sangría, el sector diagramó un petitorio con exigencias concretas para el Estado en todos sus niveles. Entre las medidas más urgentes, exigen que se respete a rajatabla la ley de defensa de la actividad librera (normativa que el ministro Federico Sturzenegger presiona para derogar), reclaman la devolución del crédito fiscal de IVA trabado en el Congreso y piden líneas de financiamiento con tasas blandas para poder refinanciar el ahogo de las deudas.
El esquema de supervivencia también apunta a equilibrar la competencia logística contra las grandes plataformas de comercio electrónico. Por eso, proponen la creación de una tarifa federal reducida para el envío de paquetes, lo que permitiría que una librería del interior pueda despachar sus títulos a cualquier rincón del país sin quedar fuera de mercado. A esto le suman el reclamo para que el Estado priorice a las pymes locales a la hora de comprar material para bibliotecas y escuelas públicas.
Mientras impulsan una gran Mesa Nacional del Libro para discutir soluciones de fondo bajo la premisa de pedir «condiciones para competir» y no privilegios, los comerciantes apuestan a la tecnología propia. Según detalló García a La Nación, ya lanzaron la plataforma gratuita Libros Activos, una web que permite a cualquier lector buscar un título específico y encontrar, por geolocalización y sin costos extra, en qué librería de su barrio lo tienen disponible en las estanterías.
TC
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